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Claudio Conforti

martes, 23 de octubre de 2012

Reseña de Juan Antonio Nicolás y María José Frápolli (comps.), Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, 1997, 629pp. por Alejandro Tomasini Bassols


El tema de la verdad ha recibido, a lo largo de la historia de
la filosofía, un trato de lo más disparejo. En efecto, ha habido
luengos periodos durante los cuales la verdad ha estado por
completo ausente del horizonte de discusión e investigación filosóficas
estándar y ha habido otros en los que ha ocupado un
lugar prominente en la jerarquía de preferencias de los filósofos.
El siglo XX, sin duda alguna, pasará a la historia como un siglo
de exaltación del tema de la verdad. Como nunca antes proliferaron
los debates, las tesis, las teorías. Sin temor a equivocarnos,
podemos afirmar que se escribió más sobre la verdad en este
siglo que en los 25 que tiene la filosofía, tal como la conocemos.
De ahí que la publicación de una nueva antología de escritos
sobre la verdad no es algo que debiera sorprender a nadie, ya
que versa sobre lo que por lo menos en nuestros tiempos es
concebido como un tema filosóficamente crucial, decisivo. Y a
más de la razón histórica, que en sí misma es ya una justificación
para esta muy buena y útil colección de ensayos, hemos de decir
que por lo menos nosotros, los hispanohablantes, tenemos una
razón suplementaria para regocijarnos con esta publicación: es,
si no la única, una de las muy pocas que hay en nuestro idioma.
Empero, antes de evaluarla lo que procede es describirla y,
brevemente, examinarla de manera crítica. Eso es lo que ahora
pasaré a hacer.
La primera impresión que el lector se lleva es, inevitablemente,
la de que el libro es de una gran riqueza temática. La antología
es en efecto impactante, pues se compone de veintisiete ensayos,
muchos de ellos bien conocidos, agrupados en siete grandes
secciones; contiene, además, una sucinta presentación general
de los compiladores, así como tres índices: uno de los autores
incluidos, uno “de materias” y uno onomástico. Las secciones
mencionadas sirven para distinguir clases o tipos de teorías de
la verdad. Cada sección a su vez queda integrada por un cierto
número de ensayos (siempre el mismo número, a saber, tres,
salvo en el caso de las teorías fenomenológicas de la verdad, que
son cuatro, y en el de las hermeneúticas, que son cinco), los
cuales son en su mayoría trabajos que podríamos llamar ‘clásicos’,
en sus respectivas tradiciones. Así, se nos ofrecen artículos
representativos de teorías de la verdad tan variadas como los
son las pragmatistas, de la correspondencia (que se dividen en
semánticas y no semánticas) pro-oracionales, fenomenológicas,
hermeneúticas, coherenciales (sic) e intersubjetivistas. El libro
está, pues, cuidadosamente diseñado. Los autores son, la gran
mayoría de ellos, de primera línea, por lo menos en lo que al
tema de la verdad atañe. Tengo en mente a pensadores como
Tarski, Carnap, Kripke, Davidson, Heidegger, James, Husserl,
Austin. Empero, los trabajos clásicos de estos filósofos vienen
acompañados de otros cuyo status es menos claro. Me refiero
a los de pensadores como Zubiri, Ellacuría, Haack, Foucault,
Puntel o Apel. El problema es que la exuberancia de posiciones
muy pronto genera en el lector la impresión de que lo que tiene
enfrente es, más que una antología, un fárrago de textos que,
considerado globalmente, se vuelve casi indigerible. Pero antes
de entrar en este espinoso asunto, quisiera considerar rápidamente
la presentación de los compiladores.
Las intenciones de los compiladores no podrían haber sido
más laudables. Para ellos, se trataba sobre todo de “presentar un
panorama que recupere aportaciones perdidas o semi-olvidadas,
con la intención de ampliar lo más posible los horizontes de los
problemas y de las propuestas de solución” (p. 13). Haciendo un
alarde de erudición (un tanto pedante), los compiladores ofrecen
toda una clasificación, con un rótulo por autor, de las teorías que
se han ofrecido a lo largo del siglo. Así, de acuerdo con ellos, tenemos
que hay teorías, por ejemplo, “pragmático-funcionalistas”
(James), “hermeneútico-relativistas” (Rorty), “semánticas del
realismo interno” (Putnam), “hermeneútico-ontológicas” (Heidegger),
“criteriológicas” (Rescher), “evidenciales” (Husserl),
“dialéctico-materialistas” (Horkheimer), “semántico-naturalistas”
(Quine) y así indefinidamente. Desafortunadamente, la in-
troducción de los autores no sólo no contiene ninguna discusión
o consideración detallada de ninguna de estas posiciones,
sino siquiera una presentación mínima de cada una de ellas.
Es cierto que, en aras de la imparcialidad, exponer (aunque
fuera en sus grandes lineamientos) una de ellas habría acarreado
consigo el tratamiento de todas, con lo cual la presentación
por parte de los compiladores habría tenido que extenderse
considerablemente. No obstante, quizá habría valido
la pena correr este riesgo, pues el problema por no hacerlo
es simplemente que el lector no se queda más que con una
lista de nombres y rótulos que no por impresionante le permite
avanzar en la aprehensión cabal de las diversas posiciones
recogidas. Hubiera sido factible (y conveniente) dedicarle
aunque fuera un par de líneas a cada una de las posiciones
mencionadas, por lo menos para aclararle al lector cuál
es la idea central en cada una de ellas y, de esta manera,
mostrar que una clasificación tan minuciosa es en efecto relevante
y que el asunto no se reduce a una cuestión de pasión
por las etiquetas. Además, habría que decir que la explosión
de nombres y categorías puede ser contraproducente
o, por lo menos, desconcertante. Por ejemplo, la teoría de Davidson
es interpretada como una teoría semántica de la correspondencia.
Empero, esto es algo que Davidson explícitamente
niega en el ensayo mismo que aquí se reproduce: “En la
segunda sección del artículo vuelvo a varios intentos de decir
qué más está involucrado: discuto las teorías de la correspondencia,
teorías de la coherencia, y teorías que de una forma
u otra hacen de la verdad un concepto epistémico. Yo
rechazo todos esos tipos de teorías” (p. 149). Así, pues, los
afanes clasificatorios irrestrictos (tan reminiscentes de la poco
vital filosofía medieval) pueden generar resultados equívocos.
La selección de textos, por otra parte, es (hay que resaltarlo)
bastante equilibrada: a pesar de que en su presentación los
compiladores dan muestras de simpatía por escuelas en las que
se considera a la verdad como lo que está “presente”, “lo que
está patente” (p. 11), como “lo que merece confianza” (p. 11),
de todos modos incluyen un número no desdeñable de ensayos
clásicos de la corriente filosófica para la cual la verdad es más
bien algo esencialmente vinculado al lenguaje, esto es, la filo-
sofía analítica. De nuevo, la selección de textos es en general
acertada, si bien en este segundo caso hay huecos dignos de ser
consignados. Por ejemplo, no habría sido una mala idea (nunca
lo será) incluir alguno de los muchos textos relevantes de Bertrand
Russell, así como el famoso ensayo de Michael Dummett,
“Truth”.
Realmente, la gran virtud de la antología es su carácter práctico,
es decir, el hecho de que reúne en un solo volumen toda
una gama de ensayos que giran sobre un mismo tema. Esto
convierte a la antología en un texto muy útil, en especial para
cursos y seminarios. Lo diré sin ambigüedades: el gran mérito
del libro radica en su utilidad para la docencia. Por otra parte,
debo decir que, en mi opinión, el libro incorpora un grave error
de concepción. En un primer acercamiento, el entusiasmo de los
lectores puede ser inmenso, pero muy pronto este sentimiento
cede y lo que nos invade es más bien uno de frustración. La
razón es que casi de inmediato, al empezar a leer los artículos,
nos percatamos de que muchos de ellos sencillamente no
le sirven a quien trabaja en el tema de la verdad desde perspectivas
diferentes, con aparatos conceptuales diferentes. Por
ejemplo, ciertamente nos puede parecer sugerente lo que dice
Heidegger, pero es obvio que si se trabaja en el marco de la
teoría de Tarski o de Ramsey nada de lo que diga el primero
podrá servirnos. Y a la inversa. Considérense, por ejemplo, frases
como “en la verdad real, es la realidad la que en y por sí
misma está verdadeando en la inteligencia” (p. 391) o “hay que
hacer la verdad” (p. 49). Para alguien educado en el espíritu de
la filosofía analítica (definiciones precisas, acotamiento exacto
del área de investigación, avance gradual pero sistemático en
una dirección, lenguaje comprensible para o por todos, etc.),
aseveraciones como esas y, en verdad, multitud de discusiones
acerca de la verdad (incluidas algunas que forman parte de este
grupo de ensayos) son meras colecciones de sinsentidos. Con esta
antología no sólo nos topamos con lenguajes distintos, sino con
programas completamente diferentes y totalmente irrelevantes
unos para otros. Por ejemplo, en algún sentido nada hay de
más ahistórico que el enfoque tarskiano, pero es precisamente
una perspectiva histórica del conocimiento y la verdad la que
anima a pensadores como Ricoeur o Foucault. El texto de este
último (una entrevista), por ejemplo, deja esto perfectamente
en claro. Dicho sea de paso, en este texto de lo que casi no se
habla es precisamente de la verdad. No quiere eso decir que el
texto de Foucault no sea interesante (claro que lo es), sino que
es perfectamente irrelevante para quien se ocupa del tema de la
verdad como una propiedad de oraciones o de proposiciones o
de creencias. De hecho, lo que Foucault sostiene es sumamente
interesante, sólo que su tema general son las relaciones entre el
poder y el conocimiento. En la medida en que ‘saber’ o ‘conocer’
implica ‘verdad’ (puesto que no se puede conocer o saber algo
falso), aunque se trata de temas lógicamente independientes de
todos modos casi cualquier discusión sobre el conocimiento en
algún momento rozará el tema de la verdad. Eso es lo que en
este caso sucede: Foucault sólo tangencialmente se enfrenta al
tema de la verdad. Asimismo, visiones como la de Ricoeur, en la
que lo que se discute es una idea muy peculiar de verdad (una
idea que podríamos denominar ‘política’ de la verdad), sus tesis
toman cuerpo en un discurso por completo ajeno al de, digamos,
Hempel. La moraleja es obvia: en la práctica una yuxtaposición
tan abigarrada de ensayos resulta a final de cuentas de poca
utilidad para la investigación. Casi se habría podido argumentar
a priori que no hay discusiones intra-escolásticas fructíferas. Las
problemáticas filosóficas, de la verdad u otras, se trabajan al
interior de tradiciones, de escuelas, no caóticamente. Avanzar es
avanzar al interior de una cierta tendencia de pensamiento, de
una cierta escuela o tradición. Ahora bien, si esto es atinado, la
justificación filosófica de una antología como esta se vuelve algo
por lo menos cuestionable.
Es claro que, en esta y en toda antología sobre la verdad que se
respete, trabajos como el de Tarski tendrán que estar incluidos.
En general, como ya dije, las contribuciones elegidos me parecen
representativas e importantes. Tal es el caso de los artículos de
James, Kripke, Davidson, Austin, Ramsey, Strawson, Williams,
Heidegger, Jaspers, Hempel, Rescher, Lorenz y Habermas. La
participación latinoamericana queda asegurada por I. Ellacuría,
con un texto que, aunque es cierto que en él aparece la palabra
‘verdad’, propiamente hablando no se ocupa tanto de la verdad
como de la realidad. De regular importancia son los textos
de Schaff, Husserl, Ortega, Gadamer, Simon, Puntel y Apel y
francamente redundante me pareció el texto de S. Haak, “El
interés por la verdad: qué significa, por qué importa”, que es
un recordatorio de principios más o menos banales concernientes
a las relaciones entre la verdad y la probidad intelectual (la
búsqueda de la verdad, el respeto por la verdad, etc.). En todo
caso, la impresión que queda después de hacer un recorrido por
tan diversos paisajes filosóficos es que quienes efectivamente han
contribuido al desarrollo de la problemática son los pensadores
de formación lógica y de orientación analítica y empirista.
Respecto a las traducciones podemos decir que son cuidadosas,
si bien siempre son susceptibles de ser mejoradas. En
especial, es importante aprender a traducir de modo que la versión
(en este caso, en español) no suene artificial o rara. ‘Verdad’
y ‘verdadero’ permiten ejemplificar perfectamente bien lo que
quiero decir. En otros idiomas (no en todos), la locución que de
manera espontánea o normal se emplea es ‘es verdadero que’,
en tanto que en otros es ‘es verdad que’. Así, por ejemplo en la
página 275 Frápolli traduce ‘It is true that the Earth is round’
como ‘Es verdadero que la Tierra es redonda’. Pero nosotros no
hablamos así. Eso es traducción literal burda. Como nosotros
nos habríamos expresado habría sido ‘Es verdad que la Tierra
es redonda’. Si esto acarrea complicaciones para los traductores,
puesto que en un caso se usa un adjetivo y en otro un sustantivo,
peor para ellos. Diferencias así, claro está, algo indican respecto
a la problemática misma. De lo que no hay duda es de que lo
que a toda costa hay que evitar son versiones literales de modos
de hablar diferentes. Afortunadamente, dejando de lado detalles
como este, en general las traducciones son más que aceptables.
Independientemente de las pequeñas observaciones críticas
que se puedan elevar, lo cierto es que tanto alumnos como profesores
debemos estar agradecidos con los compiladores por esta
antología. Ojalá hubiera más libros así en español. La obra que
nos entregan será de utilidad permanente, tanto por la difusión
de una problemática importante como por el hecho de que facilita
el acceso de trabajos decisivos al respecto. De hecho, es como
un libro de texto, un libro de consulta permanente, siempre a
la mano. Y su mera aparición revela que el mundo filosófico de
Hispanoamérica alcanzó ya la madurez de cualquier otro y que
en él a libros tan especializados como este se les puede dar ya la
más cordial de las bienvenidas.
ALEJANDRO TOMASINI BASSOLS

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